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La escala importa

Poco nuevo que decir. A estas alturas de la crisis sanitaria casi todo se ha dicho, se ha pensado, se ha comentado, se ha escrito, se ha grabado en vídeo, se ha convertido en GIF, se ha enviado por WhatsApp…

Nos hemos convertido en analistas de una crisis que evidencia otras crisis (quizás menos analizadas que ésta). Y una de las cosas que hemos repetido una y otra vez es que estamos ante un virus que no entiende de fronteras, de clases sociales, de diferencias económicas, ni de colores de piel, que afecta a ricas y a pobres, a hombres y mujeres, que puede contagiar a jóvenes y mayores (aunque ponga en riesgo especialmente a estos últimos)

Pero el virus sí ha puesto de manifiesto algunas desigualdades que ya existían. El confinamiento no ha afectado igual a todas las personas. Y la salida de la crisis que se avecina tampoco lo hará. Es pronto aún para saber qué mecanismos solidarios vamos a ir construyendo, qué gestos y qué acciones van ayudar a las personas más frágiles, más vulnerables, ni siquiera sabemos qué nuevas fragilidades van a aflorar pero la experiencia de trabajo por la justicia nos dice que no existen recetas ni soluciones universales,  es necesaria, más que nunca, una mirada aplicada a cada realidad, a cada persona… pero también a su contexto, a su entorno, al suelo en el que pisa.

El eje rural/urbano está en entredicho. El campo, lo rural… no empieza o termina para todos en el mismo lugar, porque todas las personas partimos de experiencias distintas y adoptamos diferentes tópicos; para unas, el espacio rural es sinónimo de calidad de vida, para otras, lugar poco deseable, carente de de oportunidades, aburrido y demasiado tradicional. Más allá de criterios objetivos relacionados con el número de habitantes, la despoblación, el envejecimiento,… la noción de espacio rural es subjetiva y no exenta de valoración (positiva o negativa).

Esta realidad compleja y cambiante desdibuja un binomio que nos ha sido útil durante muchos años, y que ahora conviene revisar. Hay pocas diferencias en aspectos tales como hábitos de consumo, expectativas, aspiraciones… entre unas personas de un pueblo pequeño o de una ciudad. Poca gente en nuestros pueblos vive del sector primario, las nuevas tecnologías permiten que una niña de Aulesti tenga los mismos referentes culturales que un chaval de Bilbao, mucha gente se desplaza a diario a núcleos urbanos a trabajar o a estudiar… entonces, ¿cuál es el elemento diferencial?, ¿qué oportunidades brinda el ámbito rural para la inclusión de las personas más frágiles?

La escala es importante. Si somos menos, podemos conocernos más, y mejor. Si ponemos rostro y nombre a la señora que vive sola, y la reconocemos, el saludo y el gesto cómplice cobran más sentido. Si sabemos de qué país viene nuestro vecino, podemos encontrar afinidades con más facilidad. Si sabemos dónde se reunen las madres y los niños y niñas cuando llueve, podemos observar cómo se relacionan, e intuir qué necesidades tienen. Si prestamos atención, si ampliamos la mirada podemos encontrar respuestas sencillas en nuestras comunidades para las personas que más sufren.

El voluntariado de Cáritas en los pueblos pequeños lleva años demostrando que, en lo pequeño puede estar una de las claves. Las relaciones que empiezan con una atención en la acogida de Cáritas, en un taller de alfabetización… en muchos casos, se transforman, se afianzan, crecen… se vuelven significativas en el día a día, cuando esas dos personas se cruzan por el pueblo y se saludan, se llaman por su nombre, se intercambian palabras en euskera, se sonríen. Los proyectos se construyen sobre elementos que generan identidad: la tierra, el mar, la lengua… porque seguramente, no podría ser de otra manera.

Son las personas voluntarias quienes, desde ese conocimiento del pueblo, del vecindario, del entorno, de los caminos, de los apellidos, de los nombres de los baserris, de la gente que marchó a otros sitios buscando una vida mejor, de la que ha venido con el mismo propósito… construyen análisis de la realidad a partir de los que el éxito de los proyectos está casi asegurado, porque nos permite trabajar con soluciones a medida de las personas, evitando el riesgo de buscar personas a medida de las soluciones universales.

Sencillez, autonomía, compromiso e ilusión. Esas son algunas de las características de los proyectos que el voluntariado de Cáritas construye en nuestros pueblos. No son patrimonio exclusivo del ámbito rural, pero quizás en éste, la escala, la pequeña escala, hace que cobren aún más sentido.

Sigamos construyendo pueblos más vivibles, más solidarios, más justos.

#lasolidaridadnocierra

Alicia Suso

Acompañante de la Vicaria IV y V

Cáritas Bizkaia

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